LOS SEDICIOSOS DE LA PLAZA DE ARMAS

Aunque la prosa es el género en el que me desenvuelvo con mayor frecuencia, de vez en cuando también me aventuro por los caminos de la poesía.

Suelo hacerlo cuando la realidad me regala hechos, gestos o acontecimientos que merecen ser contados de una manera distinta, con el corazón más que con las palabras.

Y esta vez ha ocurrido algo que merece esos versos: un grupo de amigos que, unidos por el cariño a su tierra y la admiración por uno de sus hijos, decidió convertir un anhelo en realidad.

Sin esperar grandes apoyos ni quedarse aguardando la iniciativa de las autoridades, pusieron manos a la obra, sumaron voluntades y demostraron que, cuando existe verdadera decisión, los sueños colectivos también pueden hacerse realidad.

A ellos, a su amistad y a ese hermoso ejemplo de amor por Abancay, van dedicados estos versos.

Los Sediciosos de la Plaza de Armas



Los Sediciosos, clan de la alegría,
no tienen más consigna que encontrarse;
frente al reloj de la torre, abrazarse,
sin pena de demorarse todo el día.

No los mueve el rencor ni la osadía,
ni la ambición, ni afán de encaramarse:
solo ganas de hablar y de burlarse
de tanta gravedad y tontería.

El nombre se los puso un ingenioso
que sabía bautizar sin pedir permiso:
los vio tan sedientos y algo ociosos
y halló en esa condiciones su bautizo.

Sedientos y ociosos, dijo un día,
y al juntar ambas cosas, con malicia,
les dio por nombre una palabra bravía:
«¡Sediciosos!» Y voló la noticia.

Desde entonces cargaron con el mote
con cierta dignidad y picardía;
no hay quien en la vida los derrote
si tienen buen humor y compañía.

Cumplieron con la patria y con sus años,
pagaron puntualmente sus tributos,
soportaron jefaturas y regaños
y acataron los deberes más adustos.

Hoy viven sin reloj y sin horario,
sin jefe que les dicte la jornada,
sin esa prisa absurda del gregario
que corre sin saber hacia la nada.

Han conquistado, al fin, la independencia
de no tener que dar cuentas a nadie;
se han jubilado hasta de la urgencia
y dejan que la vida se desmande.

Buscan sombra de palmera o pisonay,
su banca es su tribuna y su atalaya;
allí se juzga al mundo y no hay quien vaya
con ínfulas sin que lo sepa Abancay.

Su plaza es parlamento sin fronteras
bajo el majestuoso Ampay que vigila:
se habla de política y de quimeras,
de fútbol, de amores, de santos y de familia.
Se absuelve a los culpables por errores
y se condena al que habla demasiado.

No faltan los doctores de la nada,
expertos en saber de todo un poco,
ni el que arregla el país de madrugada
con dos palabras y un ademán de loco.

Pero no son tan solo parlanchines,
ni jubilados de brazos cruzados;
también saben emprender otros trajines
cuando ven los deberes olvidados.

Un día, hartos de esperar sentados
lo que el municipio nunca resolvía,
se pusieron de acuerdo y, organizados,
decidieron hacer lo que se debía.

La autoridad edil, siempre ocupada
en asuntos de supuesta trascendencia,
tenía aquella obra postergada
en algún cajón de la indiferencia.

Los Sediciosos no pidieron audiencia,
ni redactaron pliegos: eso sobra;
se armaron de entusiasmo y de paciencia
y, sin más trámite, manos a la obra.

Eligieron honrar con un monumento
a un hombre que el pueblo lleva en la memoria:
Pepe Garay, abanquino, cuyo talento
ganó con sus canciones un lugar en la historia.

Cantautor de alma noble y generosa,
querido y aplaudido por su gente;
de esos que regalan, con voz hermosa,
un patrimonio vivo y permanente.

Y así, sin presupuesto ni padrinos,
sin grandes ceremonias ni discursos,
juntaron voluntades y destinos
y echaron a andar sus propios recursos.

¡A puro pulso! Con ganas y coraje,
con ese empuje terco y sin aviso;
demostraron que el mejor homenaje
no siempre necesita de permiso.

No puso ni un solo sol la autoridad,
apenas mandó hacer el pedestal;
la colecta, el sudor y la voluntad
fueron del pueblo, alegre y muy leal.

Pero al quedar la estatua terminada,
llegaron los del cargo, tan ufanos,
a jalar unas cintas, con la cara
de haber cargado piedra con sus manos.

Pasa el tiempo, ese viejo carcelero,
como el susurro del viento en el Mariño,
que sobre sus aguas cristalinas va ligero;
pero ellos, con su humor de mosqueteros,
le han declarado una desobediencia mansa.

No quieren el poder ni sus laureles,
ni figurar en mármoles ni bronces;
les basta con el sol sobre las sienes
y un compañero que les cuente entonces
la última desgracia de los jueces,
la última promesa de los hombres.

Una tarde pasó el señor párroco,
con gravedad y ninguna altivez,
y, al verlos tan alegres en su poyo,
detuvo el paso y preguntó, cortés:

«¿Qué me cuentan, ilustres caballeros,
que se ven como pájaros caídos,
que un día volaron tan ligeros
y parecen haber perdido el nido?»

Hubo un silencio breve, malicioso,
y estalló la risa en ese momento
como el vuelo de loros jubilosos
que cruzan, con graznidos, el firmamento.

Uno se acomodó, otro carraspeó,
y el más parlanchín, de voz melosa,
dictó sentencia, y nadie objetó:
tan firme fue su voz y tan gozosa.

«¡Caídos, sí, padrecito, caídos,
pero todavía cantando!
Una cosa es haber perdido el vuelo
y otra, perder las ganas y el canto.»

El cura sonrió, movió la cabeza
y siguió su camino, pensativo:
sin sermones le dieron la certeza
de que mientras haya risa, seguimos vivos.

Y allí siguen, sediciosos y tranquilos,
sin manifiestos, armas ni proclamas;
conspirando contra el tedio de los días,
contra el solemne modo de estar vivos
y contra los que se toman demasiado en serio.

No hacen revoluciones, es verdad;
pero dejaron una lección al pueblo:
que a veces la autoridad tiene el cargo
y otros tienen el valor de hacer el trabajo.

Son los dueños de una plaza sin cerrojos,
los últimos señores del instante,
los que aprendieron que vivir no espera
a que el futuro venga a visitarlos.

Y si alguien pregunta por su causa,
por su programa, su ideal o su consigna,
responderán, con la mayor frescura,
que no conspiran contra nadie...

¡Solo contra la desidia oficial,
la tristeza y la prisa,
que son las tres tiranías
que nadie ha logrado derrocar todavía!




Y quizá esa sea la mayor enseñanza que nos deja esta historia: que las obras que nacen del cariño no necesitan esperar a que alguien las ordene ni a que lleguen todos los apoyos. Basta un puñado de voluntades, una amistad sincera y un amor profundo por la tierra. Porque los homenajes más hermosos no son los que se anuncian, sino los que se hacen realidad. Y este, sin duda, ya forma parte del corazón de Abancay.

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1 com.

Brunilda 03/11/2026 - 10:14 pm
Los recuerdos son inolvidables de nuestra tierra los ejemplos que dejan en sus canciones, poemas, manuscritos entre otros son la mejor versión de sus hijos que aman su tierra por tantas maravillas que nos ofrece nuestro medio a pesar de las deficiencias que tenemos. Solo nos queda seguir adelante y cuidar nuestra ciudad por lo hermoso que es…..
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